miércoles, 5 de abril de 2006

LA INAUGURACIÓN: Historia de un viaje o crónica de una odisea

De fondo cómo si se tratase de la banda sonora de una película, suena el reactor de un avión despegando, demasiado fuerte, incluso diría que algo molesto quizás sobretodo por el mero hecho de tener el monitor pegado a mi espalda. Es ese reactor que anuncia cuando hemos llegado a la cifra de mil candidatos nuevos inscritos en nuestra web, es decir, que cada mil candidatos se puede escuchar por toda la sala el avión despegar. A menudo no sé que decirles a los clientes cuando estoy hablando con ellos por teléfono y oyen, en medio de la conversación, el sonido este; deben de pensar que en realidad estoy trabajando con un portátil en plena azotea de un edificio cerca del Aeropuerto.

Nos levantamos mi acompañante y yo, escasos segundos antes de oír este sonido, por casualidad, por sincronicidad. Es la hora de irnos hacia el Aeropuerto del Prat. No disponemos de mucho tiempo, así que salimos a la calle con el equipaje a cuestas y el paso acelerado. No llevamos mucha ropa en las mini maletas ninguno de los dos, un día y medio no da para vestirse y desvestirse muchas veces, así que ya habíamos hablado de economizar espacio para no tener que facturar los equipajes.

Dos pasos en la calle y el sol aprieta más que en verano. Vamos hablando de camino a la estación de Sants de la señal acústica del avión y de la broma que en esos momentos les había hecho a los compis mientras nos despedíamos.

Entramos en Sants y nos dirigimos a las ventanillas de RENFE, dónde se nos informa que no hay un tren directo hacía el Aeropuerto debido a unas obras y que hay uno que para en el Prat y la compañía pone un Autocar-lanzadera para el Aeropuerto, pero que tarda un poco.
Decidido, cogemos un taxi. Una vez subidos y dadas las indicaciones pertinentes al taxista nos damos cuenta que no llevamos más de 10 euros entre los dos encima, y el taxista no acepta tarjetas de crédito, ni aunque yo amarase una de las mayores fortunas del continente. Sencillamente y reproduciendo las mismas palabras del taxista: “Es que pa’ qué, poca gente me lo pide, y no me sale a cuenta tener el cacharro ese”. De esto estoy seguro amigo taxista, subidos en un Skoda de hace 10 años, comprar un GPS o un lector de tarjetas de crédito elevaría el taxi a la categoría de nave interestelar. En fin, resignación y paciencia, pero sobretodo a disfrutar del viaje.

Mi acompañante y yo no paramos de hablar en todo el trayecto, alegres, despreocupados, pero sobretodo ilusionados, ya que no todos los días podemos ir a Madrid para ver y estar con las personas que más hablamos a lo largo de nuestra jornada laboral, ya sea por teléfono o por correo electrónico.
Por fin llegamos al Aeropuerto del Prat, salgo del coche en busca de un cajero automático mientras ella se queda cómo improvisada rehén.

Murphy y prisas significan que de los cuatro cajeros disponibles el único que está fuera de servicio es el de mi entidad bancaria. Fantástico a pagar comisión!. Por mi cabeza me pasan infinidad de insultos, poco bonitos todos ellos, y que por decoro no pienso reproducir. Pues nada, que he de hacer cola. Sí, sí, cola, aunque delante de mí sólo hay una chica con una maleta negra. Escojo mal supongo, pero en los otros dos cajeros restantes hay más gente esperando. Minuto y medio después entiendo el porqué. La chica ya llevaba por lo visto un par de minutos peleándose con el teclado y la pantalla táctil. Empiezo a sudar e impacientarme, sufro por mi amiga, no hemos ni empezado el viaje y seguro que ya me está maldiciendo, o lo que es aún peor, que el taxista le de por hablar y darle conversación, esa conversación típica y estúpida de suelen soltar los taxistas.

Toso cómo si tuviera tuberculosis para hacer presión, y miro el reloj con un gesto de tal fuerza y energía que un poco más y me disloco la muñeca y casi saco un ojo a una dulce parejita de ancianos ingleses que tengo al lado en la otra cola.

“¿Estará atracando el cajero?” –me pregunto-. Tres minutos después abandona el cajero como si nada, sin signos de nerviosismo o vergüenza, sin inmutarse por la cola, ahora sí, que ha conseguido generar. Y sólo ha sacado 50 euros. Impresionante, me consuelo pensando que quizás por fin haya comprendido los entresijos de las entidades bancarias y los tipos de interés, o bien, en mejor de los casos (mi imaginación a veces acierta) que lo que en un principio parecía un simple reintegro de dinero se haya convertido en una complicada operación de blanqueo de dinero de los capos mafiosos de la Barceloneta, y por eso su tardanza.

Saco el dinero en una operación digna del equipo de boxes de Fernando Alonso, y en 54 segundos tengo el dinero en mi poder y estoy saliendo por la puerta giratoria de la calle en su busca y pagar el rescate que nos permita irnos a comer antes de coger el vuelo hacía Madrid.
Mi sufrida amiga me mira y por la palidez de mi rostro imagino que sabe que algo ajeno a mi voluntad a pasado porque me sonríe con complicidad. Le pago al taxista mientras entre dientes me intento justificar con alguna excusa diciendo que he visto a mi ídolo de infancia, a Batman paseando por la terminal, imaginando así que el taxista no le prestará la más mínima atención a mis palabras. En efecto, ni me escucha, coge el billete y me devuelve el cambio. Una vez pagado el rescate, y mi amiga ya en mi poder sana y a salvo, nos disponemos a comer un simple bocadillo o algo parecido, treinta y cinco minutos no dan para pegarse un atracón. De forma unánime escogemos un Pans & Company.

De seguida tenemos claro que bocadillo pedir. Empieza pidiendo ella, y necesita repetir el nombre del bocadillo cuatro veces para que el chico de la caja le entienda, y eso que su castellano es perfecto. Caramba pensamos, cinco personas en las cajas y nos toca el único sin una neurona. Visualmente buscamos al encargado/a, pero no hay suerte en nuestro escaneo visual digno de Terminator. Me toca pedir, aprovechamos el resto del cambio del tiquet Sodexho, pero maldita nuestra suerte, el chaval no sabe ni sumar ni restar de cabeza y hemos de ser nosotros quienes le decimos el importe excedente y lo que he de pagar yo restante. Lo introduce en la caja registradora y tres teclas después se equivoca. Se pone rojo y empieza a mascullar algo incomprensible y cómo si lo hubiera olido se presenta la encargada para ver que ocurre. Se lo queda mirando con cara de pena y como la supernani de la tele le explica lo que ha de hacer y teclear.
Conseguimos los bocadillos y las bebidas en 6 minutos, pero viendo el panorama aún nos ha salido barato de tiempo pienso en voz alta. Nos zampamos los bocadillos en un santiamén y vamos a recoger los billetes. Ahora sólo nos queda esperar la hora del embarque previsto. Veinte minutos que pasan volando.

Nos subimos al avión a la hora en punto y nos sentamos. Mi amiga se pide la ventana, pero también la pido yo, por discutir, por pura diversión. Cedo rápido cuando me amenaza en no hablarme lo que queda de viaje. Me siento en el del medio. Diez minutos después llega un ejecutivo con una maleta de piel y la educación de un Neandertal, y de muy malas maneras le dice a ella que se levante que es su asiento y que para eso ha pagado el billete con ventana.
Empiezo a cerrar los puños con rabia, con firmeza, y mis nudillos se impacientan, desean golpear y estrellarse en los pómulos del energúmeno con corbata. Pero finalmente sin oponer resistencia alguna se levanta y nos desplazamos un sitio, efectivamente nos hemos confundido de asiento. Nos acercamos los dos para hablar bajito y comentar la jugada y le digo a mi amiga, mejor dicho le afirmo, que a este tipo le amargo los cuarenta y cinco minutos del trayecto en avión. Consigo lo propuesto, y el tío tiene que dejar de leer y subrayar el BOE del martes pasado incapaz de concentrarse.

Nos disponemos a pisar suelo madrileño y a buscar la salida del Aeropuerto. Ocho minutos de andar y cuando podemos preguntar a una persona de nuestro lado que no sea de otra nacionalidad, nos dicen sonriendo que vamos en dirección contraria. Pues nada, a girarse toca, otros ocho minutos ya son dieciséis en total y sumando. Por fin vemos la puerta con unos coches aparcados fuera e interpretamos que se trata de la salida, pero en lugar de eso entramos en el aparcamiento para alquilar coches. Nos paramos y nos ponemos a reír, casi desesperados, y nos encendemos un cigarrillo, no vendrá de tres minutos pensamos.

Entramos de nuevo, y volvemos a preguntar y una chica muy amable nos da unas indicaciones como si en verdad hubiéramos nacido en barajas, ergo, no entendemos nada pero continuamos caminando. En el horizonte otra salida. Una vez fuera vemos una batería de taxis dejando pasaje. Intentamos coger uno pero nos dice el taxista que es la zona de llegada y que la parada de taxis está justo un piso por debajo. Murphy hace acto de presencia de nuevo, y una vez hemos bajado las escaleras mecánicas delante de nosotros una magnífica bifurcación sin cartel alguno. Por suerte, aparece una pareja de la Policía Nacional subidos en su resplandeciente cochecito cómo el de los campos de golf. Los paramos, mejor dicho, andamos a su lado por la cinta transportadora del suelo. No me quiero ni imaginar la imagen que debíamos de dar. En fin, que nos indican la salida. Mientras tanto han pasado otros preciados veinte minutos de reloj, si le sumamos lo anteriores dieciséis, llevábamos acumulados hasta ahora unos flamantes treinta y seis minutos de pérdida por barajas.
Puedo asegurar que me sentía cómo Tom Hanks en el film La Terminal, incluso me llegué a imaginarme a mi mismo diez años después vagando por Barajas sin patria, sin poder abandonarla.

A lo lejos un letrero de salida y una batería de taxis, esta vez sí, esperando pasaje. En mi cabeza empieza a sonar la pieza O Fortuna de la obra Carmina Burana de Carl Orff. Me emociono casi hasta el punto de soltar una lágrima.
Nos subimos por fin en el taxi blanco con franja roja característico de Madrid y le indicamos la calle del hotel al taxista añadiendo la coletilla: “tenemos algo de prisa, el avión iba con retraso y vamos con el tiempo justo…”. Es mentira, lo sé, pero no tengo estómago para contarle la verdad de nuestra odisea por la Terminal 2 de Barajas.
Lo entiende y nos hace un cálculo casi exacto del tiempo que tardará en llegar al Hotel para tranquilizarnos (seguro que ha visto Collateral de Tom Cruise pienso esta vez en voz baja). Mientras acierte y lleguemos a tiempo, cómo si se ha visto treinta veces Ben Hur y utiliza el Paseo de la Castellana como si su taxi fuera una cuadriga y se dedicara a envestir los coches de los lados.

Por muy poco el taxista acierta en su cálculo temporal, pero llegamos a las 18:03h a la recepción de Hotel. Mientras yo fantaseaba con lo de las cuadrigas y me imaginaba con el pilum romano dando a los contrincantes en nuestra particular carrera, mi sufrida compañera de aventuras había llamado a las compañeras de la oficina de Madrid para saber exactamente la hora del cocktail de inauguración.

Sólo nos quedan 35 minutos para que nos den la llave de las habitaciones, subamos, nos aseemos un poco y nos cambiemos de ropa para salir. Y lo peor de todo es cuando le dicen que los chicos irán en traje y ellas con vestido de noche. A la pobre le cambia el rostro, hemos traído ropa de arreglar pero ni mucho menos de etiqueta. Para que se calme un poco le digo que ni se preocupe que no nos habían dicho nada, por lo que estamos exentos de dicho protocolo y que siempre nos podemos hacer pasar por los informáticos de sistemas, que son gente sin complejos y se les permiten cualquier excentricidad al igual que a los locos. No puedo evitar reírme mientras lo digo.

Una vez las llaves de las respectivas habitaciones en nuestro poder, sincronizamos los relojes y quedamos que en veinte minutos la paso a buscar por su habitación, la 324. Entro en la mía la 121 y dejo volando la maleta encima de una silla, lleno la bañera de agua mientras me preparo la ropa encima de la cama.
Me meto dentro del agua y cierro los ojos un momento, dejando el móvil a un lado. Imagino que entro en fase R.E.M. porque no recuerdo nada de nada sólo el despertar brusco del sonido del móvil. Lo cojo de seguida, es mi amiga preocupada, me está esperando y ya está lista para irnos. Le digo que me estoy vistiendo y que tardo un par de minutos. Mentira, y de las grandes, porque aún estoy sumergido en la bañera con una leve capa de espuma y los dedos más arrugados que unas pasas. Salgo volando intentando no resbalar. Me falta poco para no romperme la crisma cuando calculo mal la distancia entre mi pie izquierdo y la toalla del suelo, y empiezo a patinar como haciendo Snowboard hasta el mármol y el grifo. Me visto más rápido que nunca sin fijarme en realidad si me he puesto los pantalones en lugar de la camisa y viceversa, y subo los escalones a trote de dos en dos (los ascensores suelen tardar más que mis piernas).
Llamo a la puerta de su habitación mientras cojo grandes bocanadas de aire. Sólo dos pisos y ya tengo la espalda empapada en sudor. Me quito la chaqueta y bajamos hacia la calle. Un vez allí, preguntamos por el nombre de la calle, y en 5 minutos estamos en frente de las nuevas oficinas.

Dios santo!!! Casi me coge un ataque al corazón cuando veo la enorme bandera al final de la calle Génova, está situada en medio de la plaza Colón, con un mástil blanco igual o más enorme que el trozo de tela. Imaginaros un molino eólico sin las aspas y con la bandera nacional ondeando al viento.

(Continuará…)

martes, 21 de febrero de 2006

CUANDO LOS ÁNGELES LLORAN

(En memoria a mi Padre)



Suena el teléfono de mi mesita de noche. Alzo el brazo pensando que es el despertador, pero sigue sonando. Descuelgo y oigo la voz de mi hermana al otro lado del auricular. Está llorando, desconsolada, temblorosa; entre balbuceos y sollozos, consigue por fin decirme el motivo de su llamada, y en ese instante todo queda claro: mi Padre ha fallecido de madrugada. Consigo que me escuche y le pregunto cómo ha sido. Me responde que aún yace su cuerpo tendido en el frío suelo de su casa, entre el pasillo y el cuarto de baño. Cuelgo no sin antes preguntar como están los demás. Le digo que no se preocupe que cojo un tren y de seguida estoy en Badalona.

Me visto deprisa, corriendo, nervioso…, pero mientras lo estoy haciendo decido frenarme; he de mantenerme entero, con la cabeza fría, sobreponerme y pensar con claridad que papel he de adoptar. Es sencillo, sólo hay dos posibles: derrumbarme o mantenerme sereno. Me preparo un café. Necesito unos minutos para decidirlo; y escojo la opción del hermano mayor. Es cuestión de tiempo, me digo, ya podré llorarle en otro momento, pero pienso que siempre ha de existir alguien en este tipo de situaciones que esté despierto, en constante alerta, con la cabeza despejada para vigilar todo lo que ocurre a su alrededor y que no suceda nada más de momento, excepto aquello que ya no se puede evitar.

Son las 08:30h am. de un día gris, con el cielo repleto de nubes oscuras, amenazando en dejar caer la lluvia en cualquier momento, sin avisar, cómo la vida misma, con el consuelo que todo ciclo vital vuelve a autoalimentarse, y aunque a veces no lo veamos así, el sol sale cada mañana para darnos los buenos días y con suerte hacernos dar cuenta que todo aquello que ilumina vale la pena proteger y salvaguardar.

Es un domingo de Febrero como cualquier otro, al menos eso deben de pensar las personas que tengo al lado en el andén de Barberá del Vallés, ajenos por completo de lo que me ocurre, sin poder escuchar lo que mi cabeza está pensando.

De todos modos, creo firmemente que cada uno de nosotros es libre de escoger como quiere sufrir el dolor, como quiere vivir esa experiencia y como quiere recordar y ser recordado. NO es algo que se pueda juzgar por los demás, aunque se piense lo contrario.

He cogido el tren dónde vivo actualmente, lejos de dónde nací, así lo he querido y la verdad es que no me arrepiento de nada, aunque el hecho de permanecer lejos de mi hija de 5 años, hace que los días que separan el momento en que entre un fin de semana y el otro pueda volver a abrazarla, ya es motivo suficiente para resistir y dejar que el reloj corra a mi favor.
Me gusta llamarla a diario para oír su voz y decirle 50 veces que la quiero con locura, y escuchar como me dice que me quiere hasta el cielo y da 5.000 vueltas, mientras me lanza un beso para que lo atrape y así guardarlo en mi corazón.

Es ella quién mejor definió la situación de ayer y de hoy. Dijo no hace mucho, que cada estrella del cielo era una persona buena, pero que no nos preocupáramos por si faltaba espacio, ya que en el cielo habían dos pisos, dos plantas para que pudieran caber toda la gente del mundo que quisiera ser buena.
Sonreí ayer mientras me lo contaban, y me hizo recordar algunas cosas de mi Padre. No suelo mirar el pasado, aunque de vez en cuando alguna situación, alguna frase, por insignificante que parezca me haga recordar la lección sobre la vida que aprendí en ese momento. El resto es solamente pasado, y el pasado a veces debe dejarse tranquilo y que descanse en paz como lo que es: PASADO.

De camino hacía su casa he pensado mucho en él, en su orgullo desmesurado, en su tozudez, es su no saber escuchar y querer tener siempre la razón, y nadie posee esa verdad absoluta sobre las cosas. Pero también pensaba, en su forma de querer ayudar, en su deseo que todo cambiase y que la gente fuera por fin feliz, en estar siempre ahí cuando se le llamaba, en no saber decir un NO.

Nunca hemos tenido nada en común, tampoco era un secreto, y nada nos unía. Éramos dos extraños conviviendo durante unos años en el mismo techo. Quizás nos faltó tiempo para conocernos, quizás no me escuchó nunca, y quizás ahora tenga ese tiempo para hacerlo allá dónde se encuentre ahora. Se que volveré a verlo y nos pediremos disculpas por aquello que nunca nos dijimos, aquellas palabras que nunca nos escuchamos decir, aquellas sonrisas que disfrutamos por separado, aquellos momentos que nunca compartimos…
También espero que no se haya llevado consigo ese orgullo inútil, que no lleva a nada, que no merece ser defendido y que por fin lo haya dejado en su cuerpo, en esa prisión del alma.
También deseo que pueda navegar por esos océanos de tiempo y encontrar el mar de la tranquilidad que tanto anhelaba y pueda disfrutar del descanso que buscaba después de tantos años de sueños rotos.

Me fui de casa , muy joven, harto, asqueado, con un profundo resentimiento en el corazón, y le culpe a él por su indiferencia al afrontar las cosas, al haberme quitado mi infancia y sacrificado mi adolescencia, y por eso encontré mentiras, incomprensión, falta de apoyo, indiferencia, pero hace años que lo perdoné por ello aunque no lo supiera; espero que ahora se haya podido perdonar a él mismo y pueda entender al igual que yo en la paz de la vida interior, de esa vida que se nos ha regalado como un tesoro celosamente guardado, esperando ser descubierto por nuestro propio yo. Y espero que sepa que siempre nos faltó ese abrazo sincero de quién perdona y es perdonado.

Nos volveremos a ver Papá, no lo dudes, entre el primer y el segundo piso del cielo para brillar los dos y llenar el firmamento de cosas buenas para que guie e ilumine un mundo que parece a veces estar perdido.
Brilla con fuerza Papá para que cuando alce la mirada por la noche al cielo pueda decirle a tu nieta Aran cual de todas las estrellas es su abuelo.

Cuidate Antonio, para que siempre que llueva, sepamos aquellos que te hemos conocido que una gota es tuya, la lágrima de un ángel que llora.

Hasta pronto Papá

miércoles, 18 de enero de 2006

El Sueño de Owen

Owen, se despertó de repente de su siesta dos horas antes de lo habitual en él. Estaba empapado en un sudor frío, temblando, con lágrimas en los ojos. Y él nunca lloraba. Se puso sus zapatillas a rallas de estar por casa y se fue directo hacia la cocina para prepararse un buen estofado de pescado, poder despejarse un poco y pensar con claridad. Sin el estofado después de dormir no era nada, no podía reaccionar.
Una vez despierto del todo, y aseado, pensó con detenimiento lo que había soñado esa noche –un sueño que se le repetía de vez en cuando, cada cierto tiempo, aunque las últimas noches se repetían con mayor frecuencia y habían sido las peores--. Luego, sin motivo aparente, recordó un tema que le preocupaba desde hacía dos semanas y llegó a una conclusión bastante concisa a la vez que alarmante:

-- He de demandar al mecánico por haber intentado añadir al motor de mi viejo sidecar Twonsen una tostadora cromada – se dijo susurrando con una voz entrecortada pero llena de rabia--. Y por si fuera poco, encima tiene la desfachatez de excusarse con el pretexto de que se le habían acabado las bujías del almacén, y que traerlas a pie desde Artanus era económicamente muy costoso para su paloma mensajera.

De repente, se dio cuenta que estaba hablando solo, susurrándose a él mismo y aún no era ni media mañana, debía de reservarse, el día prometía ser duro. Se puso la ropa, unas botas negras con suela metálica, cogió las llaves de su viejo sidecar y salió hacia el trabajo.


Esa mañana antes de entrar a trabajar, Owen se fue hacía el taller mecánico, incapaz de contenerse, debía dejar el asunto zanjado de una vez por todas. Entró en el taller gritando desde la entrada, sin avisar, sin llamar y con el paso acelerado se dirigió directamente como si fuera un proyectil hacía el jefe del taller que estaba debajo de un autobús escolar arreglando una fuga de carburante en el cohete propulsor:


--¡¡¡ No me lo puedo creer!!! --chilló Owen-- he traído mi sidecar unas catorce veces a este taller, y nunca me había ocurrido nada similar. Esto es inaudito, una estafa a nivel estelar!!!, la mayor del universo conocido!!!.

-- Piense, mi querido amigo, que hemos hecho lo mejor para usted. Ahora podrá conducir mientras desayuna al mismo tiempo --respondió el jefe del taller con una sonrisa burlona en los labios--.

--¡¡¡ Y un cuerno!!!, ¿qué se piensa que soy un tipejo de esos que viene de la Tierra y no se entera de nada? --dijo sin coger apenas aire y casi ahogándose--. Pues menudo gilipollas es usted si cree esto.

--¡¡¡ No, por Urano!!!, ni mucho menos, piense usted que los terrícolas son más tontos aún. Mire, sin ir más lejos, la semana pasada, entró en el taller uno de esos humanos pidiéndome que le arreglase su anticuado MP3. Pues bien, no tuve más remedio que modificarlo un poco y le añadí un par de piezas más, nada del otro mundo, sólo un pequeño microondas portátil de decimoséptima generación, y una simple y barata estufa con un tubo de hidrocalor termonuclear de la marca Gates. Una auténtica ganga de esas que ya no se encuentran. Pues mire si fue desagradecido, que el tío me montó un espectáculo en medio de todo el mundo porqué seguía sin poder escuchar música en su MP3, en vez de reparar en el hecho de que ahora ya no pasaría frío y que no tendría que cocinar más en su vida. Son una pandilla de estúpidos estos humanos. Ahora me explico como ninguna raza en todo el universo a querido nunca colonizarlos; ni cuando se celebró ese concurso estelar emitido por la cadena de televisión por cable Esteroide TV: Extermine a un humano por 1.000 Krápacs, y eso que hoy en día mil krápacs es una suma de dinero a considerar, como para pensarse exterminar a 800 humanos de un tirón. Pues bien, ni así, con suculentos sobornos. Manda testículos de la constelación AX023Q, ¿no cree?...

Owen, cogió una llave fija del suelo, la levantó con furia y se lió a golpes con una rueda en medio del taller. El jefe se quedó mudo, atónito, sólo en pensar después de ver como había quedado la pobre rueda que quizás la hubiera emprendido con su cabeza, se tiró al suelo y le pidió disculpas, entre sollozos y una risa nerviosa, y le prometió que si le dejaba el sidecar el fin de semana, se lo devolvería correctamente arreglado el lunes por la mañana.
Owen aceptó las disculpas del jefe del taller, dio media vuelta, y se fue hacía su sidecar aparcado en la calle delante de la panadería con una sonrisa en la cara y satisfecho con él mismo.

* * * *

Owen, nació en la constelación de KRANAN a 42.338 años luz del sistema estelar de JARKIN, muy cerca de uno de los 500 agujeros negros explorados y utilizados como una forma alternativa de viajar por el espacio sin vomitar.
Owen era medio humano por parte de madre, y fue criado por una familia de androides Clon, debido al accidente que sufrieron sus padres biológicos en los pantanos del planeta SHIRLAKIN IV. En realidad fueron asesinados por los terribles Kabul, una raza de babosas intergalácticas muy agresivas y voraces.

Estos androides recogieron a Owen del suelo momentos antes de que los Kabul fueran a devorarlo vivo. Por suerte, los androides Clon eran unos magníficos exploradores y recolectores de minerales para la construcción de complejos sistemas de transmisión nanofisionuclear de datos, y esto en realidad fue lo que le salvó la vida. Su pericia, su capacidad de observación del detalle y su odio hacia cualquier insecto de más de 15 kilos, hacía de los androides Clon unos temibles adversarios.

En un pasado, no muy lejano, los Kabul intentaron aniquilar a todos los androides Clon del modelo T10054RSW de la serie Z10; modelo y número de serie de toda la familia de los padres adoptivos de Owen. Por eso ese odio ancestral hacía esas babosas intergalácticas.
Tampoco le tenían un especial aprecio a los kranianos, pero preferían salvar a uno de ellos que ver lo que hacían los kabul con sus víctimas.
Era una visión horrorosa por todo aquel que había tenido la desgracia de contemplarlo en directo. Nunca se olvidaba. La ceremonia Kabuliana –así la llamaba el pueblo kabul— consistía en introducir por los orificios nasales de la desvalida víctima unos pistachos de la luna de Anfisti, los cuales producen un efecto analgésico, parecido al Prozac terrestre obligando al condenado a disfrazarse de repartidor de pizzas y hablar en finlandés, para luego bailar viejas canciones kabulianas encima de su traquea; a continuación se les realiza un chequeo rutinario y un simple, aunque completo análisis de orina. En fin, una avalancha de dolor y sufrimiento. Ninguna de sus víctimas resistía más de dos noches así. Y aquellos afortunados que sobrevivían eran incapaces de volver a atarse los cordones de los zapatos sin tropezarse.

Owen nunca supo el auténtico y real desenlace de su familia hasta que cumplió los 135 años. No se emocionó ni lo más mínimo al saberlo, ni tampoco lloró. Él nunca lloraba. Su frialdad frente a los sentimientos típicamente humanos le habían parecido siempre una enorme pérdida de tiempo irreparable, hasta el punto que aprendió a controlarlos, y más aún después de lo que le había sucedido hacía ya 85 años, cuando se enamoró de un holograma de su prima segunda por parte de madre. Este incidente le costó bastantes lunas superarlo, y se cree que nunca lo remontó del todo.

Su padre era natural de Megachupa, una ciudad comercial enorme en extensión y en riqueza perteneciente al planeta Omnesia. Por lo que siempre le contaba su padre, el bisabuelo de Owen, de nombre Mhi Jon, había sido un famoso trompetista de Sasha (estilo musical parecido a nuestro jazz). Le faltaba un de los tres brazos que su raza poseía, pero nunca impidió que con su música deslumbrara a todas las criaturas del sexo opuesto, incluso a las larvas de Fuelt (unas criaturas conocidas por ser tremendamente antipáticas y estúpidas). Por lo visto fue uno de los grandes músicos de su constelación; incluso llegó a conocer personalmente al gran Miggi Khan, famoso actor estelar especializado en comedias terrestres.
Una vez, el bisabuelo de Owen interpretó un papel protagonista en la serie “Un humano en mi café”, dónde Khan era el dueño que regentaba una taberna de paso entre las rutas 365 y la 82, más conocida como la ruta del mineral de espagma de titanio líquido y los famosos asteroides de Atreides (famosos después de un libro basado en una leyenda real de Herbert …).

En esta serie, el bisabuelo de Owen era un humano disfrazado de liliputiense que huía de otros humanos y a la vez de los terribles asesinos Quebrant, con la firme intención de no ser nunca localizado, ya que el muy imbécil había robado un maletín lleno de folletos de publicidad engañosa. En su loca huida y búsqueda de la libertad entraba en un café regentado por un simpático abuelete (papel interpretado de manera magistral por Khan), al cual le gustaban las polkas y los derivados del azufre, para quedarse a trabajar finalmente de cabaretera.
Se trataba de una serie de un humor muy fino, incluso me atrevería a decir que bastante inglés. Estuvo 39 temporadas en antena; todo un éxito de público y de crítica, cosechando un montón de premios.

Al bisabuelo de Owen dejó de atraerle el maravilloso mundo de la televisión, principalmente por que siempre lo llamaban para interpretar papeles de humanos desgraciados, inútiles y que acababan mal –recordemos que le faltaba un brazo de los tres y que tenía, muy a pesar suyo, un increíble acento alemán, lo cual le hacía idóneo para este tipo de papeles--. Entonces fue cuando reapareció en el panorama musical y encumbró temas, que aún hoy, se recuerdan como grandes clásicos del Sasha: Potatos Blues, The Kabul’s March, y el duradero Ich dai brügger neiflasterh der Igor Ivanovich Popov (traducido como Aquel dulce instigador anarquista Igor Ivanocich).