viernes, 18 de agosto de 2006

Un capítulo de la novela que estoy escribiendo



--Buenas noches, ¿es usted Julius Thomas? –preguntó la voz de un hombre con un tono natural y tranquilizador-.
--Sí, en efecto–respondí secamente sin haber mirado aún el reloj de la mesita-.
--Disculpe que le llame a estas horas de la madrugada, no deseo extenderme, tampoco puedo contarle ningún detalle por teléfono, pero es muy urgente que nos veamos pasado mañana, el viernes a las diez en la terraza del café Zurich, en la parte que da a la entrada del centro comercial delante de las Ramblas, si no tiene inconveniente, claro. Repito que es imperativo que podamos vernos, es de vital importancia para usted, su futuro esta en juego y debo prevenirle.
--¿Sabe que hora es? -pregunté sin esperar una respuesta y sin haber prestado demasiada atención a sus últimas palabras- porqué motivo debería de hacerle caso y aceptar su invitación –le respondí más enfadado que al principio-.

A medida que pasaban los segundos la situación empezaba a ponerse más tensa por mi parte. Por mucho que intenté hacer el esfuerzo, era incapaz de comprender esa extraña llamada. Eran casi las 4 de la madrugada y las dos noches anteriores me había costado conciliar el sueño, tanto viaje últimamente me estaba agotando más de lo habitual, y esa llamada inesperada me había roto lo poco que me quedaba de esta.
--Puedo saber quién es usted… -hice una pausa para poder coger aire, me había quedado con los pulmones vacíos-, porque quiere verme… ¿A qué viene tanta urgencia?.
--¿Está seguro que no le suena mi voz?, ¿no sabe quién soy?, ¿lo dice en serio? –se preguntó el hombre, muy sorprendido, como si en verdad hubiera tenido la obligación de reconocerle-.
--Tan en serio como que voy a colgar el teléfono.
--Espere,… espere,… por favor…, déjeme que le explique –dijo rápidamente, evitando así que colgara-. ¿Verdad qué últimamente se le repite un sueño, el mismo sueño para ser exactos?, ¿en el sueño aparece un caja de madera con una palabra de un color azul dorado en un lateral y está repleta de jeroglíficos parecidos a los egipcios?.

En ese instante se hizo un rotundo silencio a ambos lados de la línea telefónica, sólo se oía la respiración rítmica de aquel hombre y la mía, bastante más entrecortada y nerviosa. Lo que me sorprendió más, no fue la llamada en sí, sino el detalle que preguntase por el sueño, por un sueño que no había contado a nadie y que desde hacía tres meses se me repetía constantemente cada noche, incluso empezaba a tenerlo de día, de camino al trabajo, o tomando un café en cualquier lugar. Siempre era el mismo y siempre empezaba igual, como si eso quisiera decir algo, algo que no comprendía de momento.

En el sueño se veía el pueblo de Nag Hammadi cerca de la actual Luxor, la antigua Tebas que un día fue la capital del país, situado en el desierto occidental del Alto Egipto. Me encontraba paseando por el pueblo, sin un rumbo prefijado, en tercera persona, cómo si fuera el protagonista y me encontrase sumergido en la acción, como si en realidad estuviera ocurriendo semejante barbaridad.

Era la época del Faraón de la Dinastía I, en el reinado de SEMERJET, hacía el 2902 a.C., después de la reciente muerte del Faraón ANEDJIB. Fue en ese rincón donde oí por primera vez la palabra Safalahar. En mi cabeza podía escuchar perfectamente una voz suave que me repetía en todo el momento esa misma palabra, como su fuera un susurro, como un secreto de algo que me sería revelado en un futuro próximo.
Provenía, por lo que descubrí más tarde, de una lengua que se había hablado en alguna ocasión en UR, cuna de las primeras civilizaciones del ser humano, pero que provenía no se sabe de que época exacta del pasado de la humanidad. No había nada oficial al respecto, en los libros de texto tradicionales no aparecía en ningún párrafo que hubiera existido esa lengua o dialecto, y mucho menos que se hablase en Ur.

Era uno de los veranos más calurosos que se recuerdan en la región. En el pueblo no se hablaba de otra cosa, por lo visto un pastor había encontrado la entrada de una cueva en unas rocas, cerca del poblado y había cogido de su interior una cajita pequeña del tamaño de un coco y llena de inscripciones que no conocían, que no eran suyas, que no parecían ni ser egipcias. Ninguno de los ancianos del lugar podían descifrar lo que parecía una palabra en uno de los costados, en cambio, los jeroglíficos, aunque de un modo muy tosco, y lo más probable, nada fidedignos, lograron traducir algunos fragmentos, que más tarde con la imaginación lograron unir para formar frases más o menos coherentes, o al menos esa era la intención de aquellos viejos que dominaban el arte de escribir y leer.

Miré hacia el techo, pensando que contestar. Suspiré varias veces sin tenerlo claro.
--Como le reconoceré. Llevará algo característico en estas situaciones, no sé, un periódico por ejemplo, o un libro en concreto, o lo típico del clavel en la chaqueta.
--No se preocupe, me reconocerá al momento, aunque no nos hayamos visto nunca, o al menos eso es lo que usted cree tan firmemente –contestó sin dar más explicaciones-.

Colgué el teléfono sin despedirme. Me senté en el borde de la cama, extrañado por la conversación, por sus afirmaciones, por el sueño. Respiré hondo para recuperar todo el aire que había dejado escapar instantes antes.
(Continuará...)

AQUELLO QUE NO SABEMOS QUE TENEMOS

Soñamos aquello que desearíamos que nos envolviera, aquello por lo que creemos vale la pena luchar. Nuestra piel, absorbe por cada uno de los poros las vibraciones de las ilusiones ajenas, cómo receptores de energía positiva, intentando transformarlo en algo real, en poder cambiar el mundo, pero nos damos cuenta, demasiado a menudo, que no somos alquimistas, ni nuestra alma por si sólo es capaz de hacerlo, o al menos eso se nos han enseñado.

Aunque quizás estén equivocados, y nuestra alma, nuestro cuerpo entero, sea capaz de dar un giro inesperado a todo esto, de cambiar el mundo, de hacer reflexionar a las personas, de hacer sonreír a esos miles de niños que aún no han crecido y mantienen intacto algo que los mayores hemos perdido hace siglos: la perspectiva real de las cosas que nos rodean, la incredulidad ante la vida, la ilusión, la esperanza.

Es más sencillo que eso, sólo se trata de mantener eso que nos hace humanos, aquello por lo que seguimos, aún con el paso de los miles de años esperando y que nunca tendremos. No porque sea inalcanzable, ni tampoco utópico, sencillamente por temor a cambiar aquello que conocemos del mundo que nos rodea, por miedo a que nos carguemos algo que ni sabemos que existe o que en realidad nos perjudica realmente en lugar de beneficiarnos.
Complejo, interesante, difícil de llevar a término; pero la gente, aunque muchos y muchas quieran creerse lo contrario, no cambia en esencia, sólo modificamos aspectos superficiales o limamos alguna aspereza banal, ya que cuando nuestra personalidad emotiva y vital se está gestando es el único instante que podemos escoger que camino vamos a adoptar en un futuro aunque no lo sepamos. Hay gente que no madura, que se queda anclada en un pasado que por ser pasado parece bonito y quizás lo haya sido, quizás haya sido el mejor momento de nuestra vida, pero el pasado es precisamente eso, pasado y los sentimientos o vivencias es imposible repetirlas o volverlas a tener, no del mismo modo exacto al menos. Nos engañamos a menudo para justificar nuestras acciones, nuestras decisiones, para no afrontar, en caso que nos salga mal, nuestros errores. Esto último es algo que sobretodo aplicamos en campo de los sentimientos, en el amor, en nuestras relaciones personales, lo demás pensamos que es más sencillo de justificar.

Que siente alguien que toma una decisión en un momento, y luego, más tarde en el tiempo se da cuenta que se había equivocado, que no había interiorizado y reflexionado tanto la decisión como pensaba o simplemente erró en el diagnóstico; que sucede si ya no puede volver atrás, ¿cómo afronta el futuro que le espera de frustración? ¿de recuerdos constantes de esa decisión equivocada? ¿del daño que se ha causado para su estabilidad mental y social?; sencillo, madurar, crecer, es comprenderse a uno mismo, a saber que la gente se equivoca, por el simple hecho de ser humanos, a saber perdonar, a no olvidar para cometer los mismos errores, a seguir adelante, a no dejar que el cielo se cierne encima hasta asfixiarte, a vivir y sobretodo a tener siempre la conciencia tranquila, sólo así consigues ver que cada día sale el sol por el horizonte aunque nos queramos empeñar en no verlo y queramos vivir en la más absoluta oscuridad vital. Nada vale ese esfuerzo de negación. Aceptarse, vivir con uno mismo con armonía, ser fiel a tus creencias, a tus instintos, a la vida en general hace que todo lo demás llegue sólo, por inercia, por sincronicidad. No todas las personas malas se salen con la suya, y en caso de ser así, no es nuestro problema, no podemos juzgarlo, son humanos como nosotros aunque nos joda.


Para aquellas personas que se sienten perdidas, desorientadas, con la oscuridad en sus almas, sólo decirles, que nos caemos, para poder levantarnos de nuevo, y que la libertad no la dictan las leyes, la sociedad, ni nada por el estilo, la libertad la marcamos nosotros en nuestro corazón, en nuestras acciones, en nuestras relaciones sentimentales, tanto con nuestra pareja, como con nuestros hijos, nuestra familia, nuestras amistades o sencillamente con la gente que a lo largo de este viaje vital nos encontramos y cruzamos cada día.

lunes, 10 de julio de 2006

REENCUENTROS

Nos volvimos a ver, volvimos a hablar, acompañados por un café, como siempre lo habíamos hecho. Y fue uno de los mejores cafés en mucho tiempo. Lo nuestro, sin lugar a dudas, en el ámbito de la amistad fue un auténtico flechazo de almas, conectando de seguida, enriqueciéndonos mutuamente a lo largo de los años, por sincronicidad, por ese destino que escribe hoja a hoja la historia de nuestro cenit.

Han habido, a lo largo de estos años, espacios de tiempo, más o menos largos, en los que no nos hemos visto, ni podido hablar, pero nunca ha sido una pérdida real de contacto, siempre hemos sabido como encontrarnos, dónde buscarnos, siempre que así lo quisiéramos. Una llamada, una visita y ese instante que se mantenía en reposo, congelado, viajando cómo un simple pasajero entre esos océanos de tiempo, volvería al puerto del cual había partido, para retomar el momento exacto y preciso en que se dejó esa última conversación.
Tantas cosas por contar, que las palabras parecían no querer guardar un orden, esperar su turno para salir por los labios, y empecé a mezclar cosas, conceptos, frases inacabadas, continuadas luego, más tarde, cuando podía, cómo si fuera uno de esos comics antiguos de los años 50, que semana a semana se nos contaba una historia central entrelazada con otras de paralelas, para crear emoción, expectativa, para no dejar pasar ni una sola semana sin nuestro tebeo. Pues me sucedió algo parecido, espero lo sepa perdonar, entender, y ese encuentro haya, mejor dicho signifique un volver a tener ese contacto permanente y saber que estamos los dos ahí para cuando alguno de nosotros quiera quedar para hablar, y reanudar esa amistad que nunca se ha perdido.

Gracias Daniel, por esos 40 minutos intensos, por esas palabras que siempre me han reconfortado el corazón, y por esos consejos que nuca han sido erróneos, pero sobretodo por no juzgarme y escuchar aquello que mi vida ha querido contarte. Gracias de nuevo con el corazón en una mano y mi alma en la otra. No sabes cuanto he llorado viendo pasar el tiempo sin poder detenerse para volvernos a ver. Espero que ese café sea el reencuentro de tantos otros que vendrán en breve.